
Henriëtte Ronner-Knip no colocaba a sus gatos para pintarlos. Los dejaba vivir.
En su taller de Bruselas mandó construir una jaula con un frente entero de cristal, y ahí adentro sus gatos dormían, se estiraban, se peleaban, se aburrían como cualquier gato en cualquier casa. Ella esperaba horas hasta encontrar la postura exacta que buscaba, la fijaba con bocetos en papel y recién entonces empezaba a pintar. Así logró cuadros como ‘Estudio de once gatos’, de 1904, donde ningún animal repite posición en el mismo lienzo.

Ese nivel de obsesión le trajo algo insólito para una mujer del siglo XIX: encargos de las reinas de Bélgica y Portugal, y en 1887 la Cruz de la Orden de Leopoldo II. Fue además la primera mujer admitida como miembro activo en la sociedad de artistas de Ámsterdam. Y aun con esos honores, los críticos de su época la resumían en una palabra: decorativa. Ella nunca dejó de mirar a través del vidrio.




