Nikki caminaba sola bajo la lluvia de Detroit con un peluche entre los dientes.

Un tiempo antes paseaba feliz junto a su dueño, pero él murió de forma inesperada y la pastora alemana quedó sin nadie. Sin entender la ausencia, empezó a vagar por las calles aferrada al único objeto que la conectaba con su hogar. Cuando la rescatista Gail Montgomery y su equipo lograron capturarla tras varios días de búsqueda, Nikki se negó a soltarlo, ni siquiera dentro del vehículo de rescate.

En el refugio, los veterinarios encontraron parásitos en el corazón, daños estomacales por haber comido plástico, piedras y ramitas para calmar el hambre, y una profunda depresión. Mientras la estabilizaban, los voluntarios lavaron y cosieron el peluche y se lo devolvieron. Nikki se acurrucó sobre él y durmió por primera vez en semanas. Su historia dio la vuelta al mundo, llegaron peluches y donaciones desde todas partes, y los Christiansen, que la acogieron mientras se recuperaba, terminaron adoptándola para siempre.

