Tamara tenía 14 años y una vista privilegiada de su propia tragedia: el balcón de enfrente.

Era el 6 de enero de 2012 en Pergamino. Iván Hortiguera, de 16 años, se había quedado dormido junto a ella después de que el sueño les ganara la carrera contra el reloj. Norberto Núñez, su padre, volvió del trabajo a las 9 de la mañana y los encontró en la cama. Lo que siguió no fue un grito: fue una golpiza. Le fracturó la mandíbula y el tabique al adolescente hasta desvanecerlo. Una vecina escuchó el resto desde su ventana: un vidrio roto, un “te tirás o te tiro”, y después el cuerpo de Iván cayendo en diagonal hacia el vacío, sostenido del cuello hasta el último segundo.


Las pericias confirmaron que cayó inconsciente, sin heridas de defensa en las manos. Núñez alegó que el joven “se tiró solo”, pero los testigos y sus propias amenazas previas lo condenaron a perpetua. Su hermana Lucía todavía recuerda cada detalle de ese día como si el tiempo no hubiera pasado.
