Jonathan Buckelew tenía 24 años y solo quería aliviar un dolor de cuello. Fue a una sesión de rutina con un quiropráctico en Georgia, Estados Unidos, y en medio del tratamiento perdió el conocimiento y comenzó a convulsionar.

Lo llevaron de urgencia a un hospital, pero nadie conectó los puntos a tiempo: ni el médico que lo atendió le avisó al neurólogo que venía de una sesión de quiropráctica, ni el neurólogo lo detectó en la tomografía. Pasaron horas sin diagnóstico correcto mientras un accidente cerebrovascular avanzaba sin freno. El resultado fue el síndrome de enclaustramiento: Jonathan quedó consciente pero atrapado en su propio cuerpo, capaz de comunicarse solo con parpadeos o escribiendo con la nariz en un teclado.

Un tribunal de Georgia halló responsables al quiropráctico y al neurólogo, y ordenó una indemnización histórica de 75 millones de dólares. Pero su padre, Jack Buckelew, lo resumió mejor que cualquier cifra: “No hay justicia real para alguien que perdió todos los aspectos de su vida”.

