El lodo entró por la puerta de Keshav Prasad Baral de la forma más agresiva posible.
Fue el miércoles 26 de agosto en Nuwakot, Nepal, cuando un muro de rocas y hielo derretido colapsó sobre el río Lhende, cerca de la frontera con el Tíbet. Baral alcanzó a estirar el brazo y tomar la mano de su esposa para arrastrarla hacia la terraza. No lo logró. La corriente se la llevó frente a sus ojos, y él quedó atrapado entre los escombros de lo que fue su hogar durante horas, hasta que un helicóptero lo encontró con vida y lo trasladó a un hospital pequeño del distrito.
Desde su cama, Baral repite lo mismo: su esposa sigue ahí abajo, en algún punto del lodo que todavía no termina de asentarse. El desastre ya deja más de 150 muertos y cientos de desaparecidos entre Nepal y China, entre ellos turistas extranjeros que quedaron atrapados en la ruta hacia el Himalaya. Otro sobreviviente se salvó aferrado a un árbol de mango mientras veía desaparecer la casa donde trabajaba. Nadie sabe todavía cuántos historias como la de Baral quedan enterradas junto con los cuerpos.
