Oswadeliz Núñez tuvo que reconocer el cuerpo de su hijo Daniel por un tatuaje que él se hizo a los 24 años. No había otra forma. El hotel El Santuario, en Macuto, había colapsado sobre decenas de personas como él: deportados que apenas horas antes habían pisado suelo venezolano.

Daniel llevaba dos años en Estados Unidos, con un proceso de asilo en curso, cuando ICE lo detuvo por una multa de tránsito. El 24 de junio de 2026 lo subieron a un vuelo desde Miami junto a otras 145 personas. Esa misma tarde, a las 5:25, llamó a su madre en El Tigre para avisarle que ya estaba en Venezuela. Cuarenta minutos después, un terremoto sacudió el país y el hotel donde dormía se vino abajo.

El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos dijo que el vuelo llegó sin incidentes y que su responsabilidad terminó al salir de custodia. Oswadeliz no lo ve así: busca justicia, una indemnización moral, y que nunca más un venezolano sin antecedentes penales termine sepultado en el país al que lo devolvieron.
