Arron Culling caminaba por un mercado de comida en Papúa Nueva Guinea cuando las vio: dos tortugas marinas, amarradas, esperando convertirse en el plato del día. No lo pensó mucho. Junto a su compañero de trabajo Mark, juntaron unos 50 dólares, las compraron y subieron a la camioneta.

Manejaron unos kilómetros hasta la costa. Las dejaron ir. “Las conseguimos por 50 dólares neozelandeses… y las liberamos”, escribió Culling en Facebook, junto a fotos que el internet no tardó en compartir miles de veces. Desde 2015, el dúo ha repetido el gesto cerca de 10 veces.

Pero no todos aplaudieron sin reservas. La pesca de tortugas marinas sigue siendo legal en ese país, y varios conservacionistas advirtieron algo incómodo: pagar por un animal capturado puede incentivar a que atrapen más, alimentando el mismo comercio que pone en riesgo a la especie. Un rescate con corazón — y una pregunta abierta sobre si así se protege o se perpetúa el problema.

