Kai Sato, de 39 años, zarpó solo desde la isla Catalina, en California, el 7 de junio. Apenas trece días después, el mástil de su velero se partió por fuertes vientos y el teléfono de navegación quedó inservible. Quedó a la deriva en pleno Pacífico, sin rumbo y sin forma de pedir ayuda.

Durante 30 días sobrevivió bebiendo agua de lluvia y cocinando con agua de mar. La deshidratación y la soledad lo llevaron a una depresión severa: lloró durante una semana entera y llegó a pensar en quitarse la vida. Para resistir, meditó, habló con el viento y sintió la presencia de su tío fallecido, con quien de niño había cruzado ese mismo océano rumbo a Hawái.

El 21 de julio, los vigías del buque George III avistaron su pequeño velero en apuros y lo rescataron con vida. Hoy Sato agradece a la tripulación que lo salvó y ya piensa en volver al mar.
