Vitaly Kaloyev esperaba a su familia en el aeropuerto de Barcelona la noche del 1 de julio de 2002.
Svetlana, de 10 y 4 años sus hijos Konstantin y Diana, viajaban en el vuelo 2937 de Bashkirian Airlines. A las 23:35, a más de 10.000 metros de altura sobre Überlingen, Alemania, su avión chocó con un Boeing de carga de DHL. Murieron las 71 personas a bordo de ambas aeronaves, 52 de ellas niños que iban de vacaciones. Fue el resultado de una cadena de fallas. Un radar fuera de servicio por mantenimiento, un controlador atendiendo dos pantallas a la vez y dos órdenes contradictorias que llevaron a ambos pilotos a descender al mismo nivel.

Kaloyev llegó a Alemania con la esperanza de encontrarlos con vida. Reconoció a su mujer entre el trigo; a sus hijos, casi irreconocibles, junto a una carretera. Un año después, la aerolínea le ofreció 60.000 francos suizos por cada muerto. Contrató a un detective, dio con el controlador Peter Nielsen y el 24 de febrero de 2004 tocó el timbre de su casa en Kloten, Suiza. Le mostró una foto de su familia. Nielsen no se disculpó. Kaloyev sacó un cuchillo.


Cumplió 4 años de una condena de 9. En 2016, Osetia del Norte lo condecoró con su mayor distinción estatal.

