Jonathan Coronado, 31 años, mecánico en Dallas, pesaba 165 kilogramos y medía apenas 1,63 metros. Durante años evitó los espejos. Pero cuando su hermana Denise, de 13, pasó cuatro años en diálisis por una rara enfermedad que le destruía los riñones, algo cambió: él era compatible para donarle un riñón, solo que su peso se lo impedía.

No hizo una dieta extrema. Eliminó una cosa a la vez: primero el refresco, después las galletas, luego el pan. Empezó a caminar por un parque cercano. En seis meses bajó 45 kilos. Se sintió tan bien que siguió: sumó pesas, cardio y comida casera en lugar de comida rápida, hasta llegar a 77 kilos, el número que finalmente lo hizo elegible.

El 10 de septiembre de 2018 le donó el riñón a Denise. Hoy ella es una estudiante de honor con una beca ganada por su puntaje académico, y él mantiene su peso estable en 200 libras. “Tienes que querer hacerlo de verdad si quieres perder peso”, dice. “Para mí fue fácil cuando lo quise”.

