Gretta estaba en la caja de la camioneta cuando las abejas africanizadas la rodearon. Richard Mockabee, apicultor de Lehi, Utah, la vio desde lejos y no calculó el riesgo: corrió hacia el enjambre. En pocos segundos, recibió aproximadamente 500 picaduras de las llamadas ‘abejas asesinas’, el tipo más agresivo conocido.

Lo encontraron desplomado en el asiento delantero de su vehículo, inconsciente. Su hijo Stephen lo vio así por primera vez en la vida: ‘Siempre los ves como héroes. Pero verlo inconsciente me afectó profundamente’.
Gretta no sobrevivió. Richard sí, pero apenas. Lo estabilizaron de urgencia y lo trasladaron hasta la frontera de Estados Unidos para recibir atención médica. Dos meses después del ataque ocurrido en México, seguía en una clínica de rehabilitación en California. Caminar, comer y hablar le exigían terapia intensiva cada día.

Pero lo que más le costó a la familia fue otro momento: decirle que Gretta había muerto. Porque antes de poder hablar bien, antes de poder comer solo, Richard ya preguntaba por ella.
