Christopher Scholtes, de 38 años, tenía todo listo para entregarse aquella mañana del 5 de noviembre de 2025 en Arizona.

Había aceptado un acuerdo de culpabilidad que lo dejaría entre 20 y 30 años en prisión por la muerte de su hija Parker, de apenas 2 años, olvidada en un auto bajo el sol de Marana en julio de 2024. Pero esa madrugada, alrededor de las 5:20 a.m., la niñera de la familia llegó a la casa y lo encontró sin respuesta en el garaje. Mientras intentaba sacar a las otras hijas de la vivienda, invadida por los gases tóxicos, marcó al 911 en una llamada que hoy se conoce y que describe el caos de esos minutos.

El forense determinó que murió por intoxicación con monóxido de carbono, un suicidio horas antes de perder su libertad. Su esposa Erika, anestesióloga, había sido quien intentó reanimar a Parker aquel día de 2024. Dos llamadas al 911, una misma familia, un final que ninguno de los dos vio venir.

