Enrique Aguilar Canchola tenía 42 años cuando decidió que la mejor forma de cruzar la frontera era dejar de parecer una persona.

En el verano de 2001, en el cruce fronterizo de San Ysidro, California, los agentes de aduanas revisaban un auto como cualquier otro. Hasta que notaron algo raro en el asiento trasero: una textura que no cuadraba, un bulto que respiraba. Ahí estaba Enrique, cubierto y acomodado para pasar por tapicería, inmóvil, esperando que nadie mirara dos veces.

No funcionó. Pero la foto de ese momento se volvió tan extraña que sigue circulando más de dos décadas después, como uno de los intentos más creativos —y menos exitosos— de cruzar una frontera sin ser visto. 🙈

