Leo Blanco tenía 15 años cuando entró por primera vez a un quirófano. No pensaba en Michael Jackson todavía — esa obsesión llegaría después y no lo soltaría en una década.

Desde entonces, este imitador de Buenos Aires acumuló 13 cirugías: seis rinoplastias, dos liposucciones, dos intervenciones en las orejas, tatuajes permanentes en cejas y patillas, y un mentón moldeado con silicona.

En una de esas operaciones algo salió mal y perdió la mitad de una oreja. Las cifras sobre cuánto gastó varían según la entrevista: unos reportes hablan de $30.000 dólares, otros —más recientes— elevan el monto hasta $150.000. Su madre, Adriana, lo ha visto pasar por cada intervención con la misma preocupación de siempre.


Hoy tiene 27 años, ha actuado en siete países vestido como su ídolo y sueña con un escenario fijo en Las Vegas.


Pero detrás del brillo y el maquillaje hay un cuerpo que cargó con bisturís desde la adolescencia solo para parecerse a alguien que nunca conoció en persona.
