Hollie Allan tenía 29 años y llevaba dos meses sin ver el cielo.
Su cama salió del ascensor en la azotea del King’s College Hospital, en el sur de Londres, y el sol le dio de lleno en la cara. Las enfermeras le habían avisado: “¡Prepárate para el frío!”. Ella sonrió, y después llegaron las lágrimas. “Es tan hermoso. Olvidé lo que se siente estar al aire libre”, dijo, secándose los ojos, todavía conectada a sondas de alimentación y a soporte vital.

Era la primera paciente en probar la primera sala de cuidados intensivos al aire libre del Reino Unido. Tiene espacio para seis camas, y junto a cada una hay una caja impermeable con energía y oxígeno, de modo que incluso los enfermos más graves pueden estar afuera sin perder ningún cuidado. Hollie espera una operación de corazón y ya estaba demasiado enferma para salir antes de ingresar.

Para los médicos, esta puede ser una nueva forma de sanar: no solo salvar vidas, sino devolverlas. “Queremos regresarlos a sus vidas lo más rápido posible”, dice el doctor Phil Hopkins, que mide pulso, respiración y dolor para comprobar si el aire fresco acelera la recuperación.
Hollie lo tiene claro: “Aunque hubiera tormenta, yo estaría aquí”.

