Iban directo a la tienda de mascotas. Ya tenían en la cabeza un cachorro bonito, de esos que se venden en vitrina. Pero la niña, con su gorra roja y su mirada atenta, vio a otro perro antes de llegar: uno grande, callejero, parado solo junto a una puerta.
No dudó. Se acercó, se sentó junto a él y lo abrazó como si lo conociera de toda la vida. No quiso el cachorro nuevo. Quería a ese, al que nadie había elegido antes.
Sus papás la vieron recostar la cabeza sobre el lomo del perro y entendieron que no había vuelta atrás. Ella sabía, sin que nadie se lo explicara, que ese perro no había recibido mucho amor en su vida. Y decidió ser la primera en dárselo.
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