Roza Gilles tenía apenas 18 años cuando llegó a Estados Unidos desde Uzbekistán para intentar desarrollar una carrera como modelo. Lo que debía ser una oportunidad profesional terminó convirtiéndose, según su propio relato, en el comienzo de años de abusos por parte de Jeffrey Epstein.

Gilles contó a CNN que había sido contactada en su país por un agente de modelos relacionado con Epstein. Una vez en Estados Unidos, la agencia le cobró miles de dólares por su visa y alojamiento, dejándola endeudada. Cuando comenzó a tener problemas económicos, Epstein le ofreció un trabajo de fin de semana como recepcionista en una de sus oficinas de Palm Beach.
Fue allí donde, según Gilles, ocurrió uno de los primeros episodios.

Al llegar a la oficina, vio a una mujer masajeando los pies de Epstein. Poco después, la joven fue llevada junto a él y observó algo que no comprendió en ese momento: una banda negra alrededor del tobillo con una pequeña caja que parpadeaba.
Más tarde descubrió que se trataba de una tobillera electrónica.

Epstein estaba cumpliendo una condena relacionada con un caso anterior y tenía autorización para salir de prisión durante buena parte del día mediante un polémico programa de trabajo externo. Según Gilles, aquello no impidió que continuara abusando de mujeres jóvenes.
Y el nivel de desesperación que llegó a sentir queda reflejado en una de sus declaraciones más estremecedoras.
“Andaba por toda la ciudad de Nueva York, siendo joven, intentando contagiarme una ETS para matar a Epstein, porque no creía que el gobierno jamás lo iba a detener”, relató Gilles.

La frase muestra hasta qué punto llegó a pensar que las autoridades nunca conseguirían detenerlo. Según su testimonio, estaba convencida de que tendría que encontrar por sí misma alguna manera de acabar con el hombre al que acusaba de haberla abusado.
Y existe otro detalle particularmente perturbador en su relato.
Gilles contó que en una de las ocasiones en que Epstein supuestamente abusó de ella había un agente del sheriff en una habitación cercana. Ella llegó a pensar que finalmente alguien intervendría, pero asegura que el policía conversó con Epstein y posteriormente se marchó sin hacer nada.

“Él no dejó de hacer lo que hacía después de ser condenado. Continuó como antes”, afirmó Gilles.
La historia vuelve a poner el foco sobre uno de los aspectos más cuestionados del caso Epstein: cómo un hombre que ya había sido condenado podía seguir teniendo acceso a jóvenes y mantener una vida prácticamente normal mientras cumplía su sentencia.

Gilles decidió contar públicamente su historia años después. Su testimonio se suma a los de otras mujeres que han descrito cómo Epstein utilizaba su posición, dinero y conexiones para mantener un sistema de abuso durante años.
Y quizá lo más inquietante de su relato no sea solamente lo que asegura que Epstein le hizo, sino la desesperación que llegó a sentir al pensar que nadie con poder iba a detenerlo.
