
El 28 de noviembre de 2012, Ronda Rousey se sentó frente a Jim Rome y dijo lo que casi nadie dice en voz alta.
Le preguntaron por los boxeadores que evitan el sexo antes de pelear. Ella respondió justo lo contrario: “Para las chicas, eleva tu testosterona, así que intento tener tanto sexo como sea posible antes de pelea”. Según Yahoo Sports, aclaró que no era con cualquiera: si tenía pareja estable, le avisaba de que se acercaba la pelea.
La frase dio la vuelta al mundo. Un médico deportivo de McGill, Ian Shrier, salió a decir que acostarse el día anterior no afecta la fuerza ni la resistencia. Ella no dio marcha atrás.
Porque Ronda no era una desconocida. Había nacido en Riverside, California, el 1 de febrero de 1987. En Pekín 2008 ganó el bronce olímpico en judo. Y su siguiente cita era enorme: el main event de UFC 157, en Anaheim, el 23 de febrero de 2013, frente a Liz Carmouche.
Hasta entonces, la UFC no tenía peleas de mujeres. Dana White había dicho en agosto de 2012 que Rousey “is a star”. Hacía falta alguien que se atreviera a ocupar ese lugar, y ella ya estaba ahí.
Llegó a ser la primera campeona de la UFC. Defendió el título seis veces seguidas. En noviembre de 2015 cayó por una patada a la cabeza de Holly Holm.
Pero la puerta que abrió no se volvió a cerrar. Hay quien hace ruido para que lo miren. Ronda hizo ruido para que, cuando lo miraran, ya no pudieran dejar de verla.
