James Glencoe tenía 17 años y vivía en Moses Lake, Washington, cuando una bomba de tubo que fabricó con sus propias manos le arrancó la suya.

No empezó ahí. Empezó con hielo seco, como quien prueba un truco de química casera. Después vino la pólvora negra. Cada experimento un poco más grande, un poco más inestable, hasta que la última mezcla estalló dentro de la casa de sus padres.

El autor Michael Yon, que investigó estos casos para su libro The Bomb Boys, asegura que los adolescentes que fabrican explosivos en secreto son mucho más comunes de lo que cualquier padre imagina, y que casi siempre presumen de sus experimentos antes de que algo salga mal. James sobrevivió, aprendió a vivir sin su mano y hasta apareció firmando tarjetas de agradecimiento semanas después de salir del hospital. Pero su historia quedó como advertencia clínica de lo rápido que un pasatiempo escala hacia el desastre.

