James Harrison no soportaba ver la aguja. Miraba al techo, a las manchas en la pared, a las enfermeras, a cualquier cosa menos su propio brazo. Y sin embargo, durante más de cinco décadas, volvió a la clínica cada semana o cada quince días.

Todo comenzó a los 14 años, cuando una cirugía mayor de tórax lo obligó a recibir 13 transfusiones de sangre. Sin ellas, no habría sobrevivido. Su padre le explicó lo que habían hecho esos donantes anónimos por él, y Harrison tomó una decisión que cumpliría hasta los 81 años.

Lo que nadie podía prever era que su sangre resultaría ser extraordinaria: su cuerpo producía cantidades inusuales de un anticuerpo capaz de proteger a los fetos de la enfermedad hemolítica del recién nacido, una incompatibilidad de grupos sanguíneos que, antes del tratamiento anti-D, mataba a uno de cada dos bebés diagnosticados. Cada donación de Harrison salvaba la vida de más de 2.000 recién nacidos.
Hizo 1.172 donaciones en total. Entre los bebés que sobrevivieron gracias a su plasma estaban dos de sus propios nietos. Falleció el 17 de febrero de 2025, a los 88 años, mientras dormía. «Hay un poco de mí en cada donación», dijo una vez. No era metáfora.
