
En los callejones de Japón, hay pequeñas casas que casi nadie nota. Son de madera, impermeables, del tamaño justo para que un gato pueda acurrucarse adentro. No las construyó el gobierno ni ninguna organización oficial — las hicieron los propios vecinos, de manera voluntaria, para que los gatos callejeros y comunitarios tengan dónde refugiarse cuando llega el frío o empieza a llover.
La práctica forma parte de una cultura de cuidado colectivo hacia los animales urbanos que está muy arraigada en varias ciudades japonesas. Las comunidades se organizan para colocar estos refugios en puntos estratégicos, asegurándose de que sean resistentes al agua y lo suficientemente cálidos para proteger a los felinos durante las noches más duras del invierno.
Es un gesto pequeño en tamaño, pero enorme en lo que dice de quienes lo hacen: que ningún ser vivo que comparte su calle merece quedarse sin techo. 🐱
