Jessica Alves quería sentir lo que sienten tantas mujeres: un hijo creciendo dentro de ella.
En agosto de 2021, con 38 años, viajó desde Londres hasta Brasil para someterse a los exámenes previos a una cirugía que nadie en el mundo había logrado antes: un trasplante de útero en una mujer trans.

Meses atrás había pasado por su cirugía de afirmación de género en Bangkok, una operación de casi seis horas, y ya guardaba esperma congelado con la esperanza de intentarlo después mediante fertilización in vitro.

El procedimiento rondaba los casi 40.000 dólares y ella prefirió mantener en secreto el nombre del médico que la operaría. Nunca antes se había completado algo así con éxito. El único antecedente data de los años 30, cuando la pionera danesa Lili Elbe lo intentó y murió meses después por una infección.

Casi un siglo después, la ciencia médica seguía sin poder ofrecer garantías: los especialistas advertían que, incluso si el trasplante se realizaba, un embarazo natural sería imposible sin conectar el útero a los ovarios.

Hasta hoy, ese trasplante nunca se concretó. Pero el deseo de Jessica de convertirse en madre sigue siendo, ante todo, una historia sobre atreverse a soñar con lo que la medicina todavía no puede prometer.
