Jorge Horacio Messi murió el sábado 8 de agosto de 2026, a las dos de la madrugada, en el Sanatorio Centro de Rosario. Tenía 68 años y llevaba tiempo enfermo.
Mucho antes de acompañar a su hijo por el mundo, Jorge quiso ser jugador de Newell’s Old Boys. Jugaba de mediocampista en las inferiores del club. Dicen los que lo vieron que era un volante correcto, de esos que nunca faltan pero tampoco sobran.

Ese sueño se cortó de golpe. Le llegó el servicio militar obligatorio y no volvió a las canchas. Así, sin drama, como quien acepta que ciertas puertas se cierran solas.
Se casó con Celia Cuccittini. Trabajó de cobrador en un instituto médico. Después hizo tornillos en un taller metalúrgico. Ninguno de esos trabajos era el que había soñado, pero los hizo igual, con la cabeza gacha y la voluntad de sostener una casa.
Decidió estudiar. Se formó como técnico químico y en los años ochenta entró a Acindar, la siderúrgica de la zona sur de Rosario. Ahí, con los años, llegó a ser gerente.
Y sin embargo, algo del fútbol nunca lo abandonó. Se lo veía siempre en las canchas de Malvinas, el predio infantil de Newell’s, parado al costado con la ropa de laburo, mirando entrenar a uno de sus hijos.

El volante que no pudo terminó de espectador. Pero desde ese borde de la cancha, sin saberlo, estaba mirando cómo el sueño que a él se le había cortado, en otras piernas, seguía de pie.
