Francis tenía 18 años, era atleta universitario y desde niño veía el mundo en tonos apagados por un daltonismo severo. Nunca supo cómo lucía realmente un atardecer, ni una hoja de otoño, ni el césped de la cancha donde entrena todos los días.
Sus compañeros de equipo lo sabían. Y en secreto juntaron dinero para comprarle unos lentes EnChroma, esos que cuestan cientos de dólares y ayudan a percibir los colores con precisión. Esperaron el momento exacto: el otoño, justo antes de que los árboles del campus se quedaran sin hojas, para que Fran pudiera ver el cambio de estación por primera vez en su vida.
Lo sorprendieron rodeado de globos de colores. Apenas se puso los lentes, sus ojos se llenaron de lágrimas tan rápido que casi no podía ver nada. Sus amigos, entre risas, le pedían que no se los quitara, que esperara a que sus ojos se acostumbraran. Lo primero que Fran distinguió con claridad fue una simple hoja amarilla. Dijo que el color le “saltó” a la vista como nunca imaginó. Algo tan cotidiano para todos, se convirtió para él en el regalo de su vida.
