Jonathan Sia tenía 23 años y una semana para graduarse de la universidad.

En cambio, terminó hospitalizado en Filipinas por complicaciones de un trastorno renal que arrastraba desde hacía tiempo. Cuando su corazón empezó a fallar y los médicos se preparaban para el código azul, algo lo hizo abrir los ojos. Su madre asegura que vio una luz y una mano sosteniendo la de su hijo, mientras él sonreía sin decir palabra. Con las fuerzas que le quedaban, tomó un bolígrafo y escribió en un papel: “Jesús es real”.

Su padre, Joel Sia, contó después que ese fue el último acto consciente de Jonathan antes de que la reanimación no pudiera hacer nada más. Quienes lo conocieron hablan de un joven que desde niño oraba, acompañaba a sus amigos y hasta en su cama de hospital hablaba de fe con médicos y enfermeras. Para su familia, esas tres palabras no fueron una despedida, sino una promesa que decidió dejarles antes de partir.
