Stan Larkin tenía 16 años cuando su corazón simplemente se detuvo en plena cancha de básquetbol. Fue el primer aviso de una enfermedad hereditaria que también afectaría a su hermano mayor, Dominique.

Para cuando llegó al Centro Cardiovascular Frankel de la Universidad de Michigan, Stan agonizaba conectado a soporte vital. Los médicos, liderados por el doctor Jonathan Haft, tomaron una decisión drástica: le retiraron el corazón y lo reemplazaron por un dispositivo artificial total que debía cargar en una mochila de más de 6 kilos, conectado a su cuerpo las 24 horas del día.

Durante 555 días, Stan vivió así. Sin corazón propio, pero sin dejar de lanzar pelotas al aro mientras esperaba un donante. En mayo llegó el trasplante. Dos semanas después dijo que se sentía capaz de salir a trotar, y solo pidió una cosa: conocer algún día a la familia de la persona que le regaló una segunda vida.

