James Young tenía 25 años cuando el tren del DLR de Londres lo arrastró entre dos vagones.
Cuando despertó, ya no tenía un brazo ni una pierna. Pudo haberse quedado ahí, mirando lo que le arrebataron. Pero James hizo algo distinto: siguió viajando, siguió jugando videojuegos y siguió viviendo como siempre quiso hacerlo. Esa actitud llamó la atención de un documental de la BBC, Bodyhack: Metal Gear Man, emitido en 2016.

Entonces llegó una sorpresa digna de un videojuego. La compañía Konami, creadora de la saga Metal Gear Solid, le entregó un brazo biónico modelado sobre Snake, el soldado que protagoniza esa historia y que también lleva una prótesis. Para James, que creció entre mandos y consolas, fue como si su personaje favorito le cediera una parte de su armadura.

Hoy ese brazo no es solo tecnología: es la prueba de que un golpe brutal no tiene por qué apagar las ganas de vivir.


