Ruth Llantoy olía a pescado antes que a éxito.
Durante siete años se paró en un mercado de Pucallpa, en Perú, a vender pescado para ayudar en casa. Nadie hubiera imaginado que detrás de esas manos frías y ese delantal manchado había una futura abogada haciendo cuentas: cuánto faltaba para la próxima cuota de la universidad, cuánto para los libros, cuánto para no rendirse. Cada venta era un ladrillo más en un sueño que solo ella podía ver completo.

No tuvo un padrino que le pagara la carrera ni un atajo. Tuvo horarios imposibles, madrugadas de mercado y noches de estudio. Y tuvo, sobre todo, la certeza de que el trabajo que hacía no la definía por lo pequeño, sino por lo que estaba construyendo con él.

Hoy Ruth ya es abogada. Y cuando le preguntan por esos siete años entre pescados, no los esconde: los agradece. “Jamás te avergüences del trabajo que tienes”, dijo, y esa frase es el título real de su historia.

