A los 24 años, Juan Bacagianis tenía la vida “resuelta”: título en Comunicación, un puesto fijo en una multinacional, auto, departamento propio y un ascenso a la vista. Hasta que un dolor que empezó de un día para el otro terminó siendo una perforación intestinal que casi le cuesta la vida. Ocho cirugías, un coma y meses con bolsa de colostomía después, el mismo día que por fin le reconectaron el intestino se enteró de que su papá tenía cáncer terminal.

Dos meses más tarde, cuando su papá murió, Juan tomó una decisión radical: dejó el trabajo, vendió lo que tenía, compró una cámara y se subió a un avión rumbo a México. Ahí empezó todo.
Lo que siguió fue una travesía de años persiguiendo las olas más grandes y peligrosas del planeta: Puerto Escondido, Hawái —donde vivió meses en una camioneta de 700 dólares, bañándose en duchas de playa—, Tahití, y la mítica Pipeline. Sin buscarlo, sus fotos y videos empezaron a viajar solos: portales de surf, noticieros internacionales, revistas como aquella a la que estaba suscripto de chico. Marcas como Quiksilver, Patagonia y Billabong lo contrataron; trabajó como corresponsal para ESPN.
El camino tuvo un costo alto: accidentes, golpes contra el fondo del mar, infinidad de sustos. Pero para Juan la respuesta siempre fue la misma: el mar es el único lugar al que realmente pertenece, y no hay riesgo que lo haga arrepentirse.
Una historia sobre soltar lo “seguro” para perseguir lo que de verdad te mueve. 🌊📷


