Juliane Koepcke tenía 17 años cuando un rayo partió el avión en el que viajaba con su madre.

Era la víspera de Navidad de 1971. El vuelo LANSA 508 iba de Lima a Pucallpa, en Perú, y llevaba 92 personas a bordo. Juliane cayó atada a su asiento desde unos 3.000 metros de altura sobre la selva amazónica. Sobrevivió al impacto. Su madre, la ornitóloga María Koepcke, no lo logró. De las 92 personas que iban en ese avión, Juliane fue la única que quedó viva.

Con una fractura de clavícula y heridas profundas, caminó sola durante 11 días por la selva peruana, guiándose por lo que había aprendido de niña en Panguana, la estación científica que sus padres habían fundado años antes. Ese conocimiento fue lo que la mantuvo con vida hasta que unos pescadores la encontraron. Hoy, más de cinco décadas después, Juliane es bióloga especializada en murciélagos y dirige la misma estación que una vez le enseñó a sobrevivir a la selva que casi la mató.

