KEANU REEVES PERDIÓ A SU HIJA Y A LA MUJER QUE AMABA. EL DOLOR LO CAMBIÓ, PERO NO LO ENDURECIÓ

Por Andrea Araya Moya
12 August, 2026

En 1999 su hija Ava nació sin vida, a los ocho meses de embarazo. Dos años después, en abril de 2001, Jennifer Syme, la mujer con la que había esperado formar esa familia, murió en un accidente de auto en Los Ángeles. Tenía 28 años. Keanu tenía 36.

Antes, en 1993, ya había perdido a River Phoenix, uno de sus amigos más cercanos.

Año 2006. Una entrevista con la revista Parade. Ahí, Keanu dijo algo que no suena a frase de superación de manual: “El duelo cambia de forma, pero nunca termina”. Y explicó la trampa en la que caemos todos: creer que un día el dolor desaparece y quedamos “curados”. No es así, dijo. Uno no deja de extrañar a la persona. Extraña también todo lo que no llegó a pasar con ella.

Ahí está el giro. Keanu no prometió que el dolor se fuera. Prometió, en cambio, no dejarse arrasar por él. “Después de una pérdida, la vida exige un acto de recuperación”, explicó. “Hay que rechazar sentirse abrumado. La vida tiene que continuar.”

Y continuó. En esa misma entrevista, con las pérdidas todavía recientes, habló de querer casarse, de querer tener hijos. No porque hubiera superado nada. Porque decidió seguir abierto a la vida, aunque la vida ya le hubiera enseñado lo frágil que es.

Con los años se volvió, además, uno de los hombres más queridos de Hollywood. No por ocultar lo que cargaba. Por seguir tratando al mundo con la misma sencillez de siempre, pese a todo lo que el mundo le había quitado.

El dolor no eligió en quién se convirtió Keanu Reeves. Él sí.

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