Jürgen Klinsmann viajó a Buenos Aires y caminó por La Boca antes de entender del todo a Diego Maradona.
Vio casas azules y amarillas cada dos cuadras, y el rostro de Diego pintado en la tercera. Un barrio pobre, orgulloso, que se sostenía en la identidad de sus colores.

Ahí comprendió por qué Maradona había elegido Nápoles sin dudarlo: “Esto es Napoli, pero de otra manera”. Y Diego cuando llegó a Italia dijo: “Este es mi lugar, de aquí vengo”.
Cuando Diego les dio el primer Scudetto de la historia, Nápoles dejó de verlo como futbolista y empezó a adorarlo como a un dios. Pero ese amor tuvo un precio altísimo.

No podía caminar por el pasillo de su edificio sin encontrarse con 100 personas esperándolo, ni sentarse en un bar a tomar un espresso como cualquier napolitano más.
Klinsmann lo resume con una frase que golpea: “Pertenecía completamente a ellos y eso terminó devorándolo. Y entonces llegaron las drogas”.
