Krakka se escapó de casa el 30 de abril, cerca de Shiptonthorpe, Reino Unido. Tenía cuatro años y una energía que la llevó demasiado lejos.
Su dueña, Glynis Elgey, no perdió tiempo: llamó a Steve Priestman, del grupo Drone SAR for Lost Dogs UK, y durante día y medio los drones sobrevolaron campos y granjas sin resultado. Nada. Ni un rastro. La búsqueda se volvió terrestre, y fue entonces cuando el pareja de Glynis escuchó algo que no esperaba: un gemido apagado, casi enterrado, saliendo directamente del suelo todo gracias otro perro que se había obsesionado con una madriguera de conejo e insistía en escarbar ahí.


Debajo de la madriguera, casi un metro bajo tierra, Krakka estaba atrapada entre gruesas raíces que le impedían moverse. Solo asomaban su nariz y una pata. Rescatistas y familia cavaron a mano durante 20 minutos, con cuidado de no lastimarla, hasta que finalmente la sacaron. Lo primero que hizo Krakka fue darle un beso a Glynis, como si entendiera que ya estaba a salvo.


