Halloween de 1993. Kurt Cobain, la cara más visible del grunge y el hombre que redefinió el rock alternativo, decide vestirse de Barney, el dinosaurio morado que por entonces conquistaba las pantallas de los niños en todo Estados Unidos.

No se quedó en el disfraz. Se lo puso para tocar guitarra en una fiesta, posó para las cámaras detrás del escenario todavía metido en el traje, y en un gesto que resume su humor filoso, mostró el trasero frente al lente sin quitarse la cabeza del dinosaurio.

Más de 30 años después, esas fotos siguen circulando como una de las postales más inesperadas de su carrera. No hay pose de rockstar ni gesto calculado: solo un tipo que decidió reírse de todo, incluso de sí mismo, en un año que terminaría siendo el penúltimo de su vida.

