Cuando Endrick tenía 17 años y estaba a punto de firmar con el Real Madrid, se sentó a escribirle una carta antes de irse a España a su hermano Noah de 4 años.
En ella no habla de goles ni de contratos: habla de su mamá, Cintia, durmiendo en un colchón en el suelo y rezando sola en un parque; habla de su papá, Douglas, durmiendo bajo el cobertizo de las taquillas de un estadio.

Tres generaciones de su familia persiguieron el mismo sueño porque no tuvieron otra salida, pero Noah ya no tendría que correr la misma suerte que sus antepasados.

“Puedes ser futbolista, si quieres. Pero no tienes que serlo. Ya no hay más estrés. Gracias a Dios, gracias a la madre y al padre, y gracias al fútbol. Quiero que disfrutes de tu vida como quieras, hermano. Es mi regalo para ti”.
“Puedes ser médico, abogado”. Puede ser futbolista también, claro, pero ya no por obligación. Endrick pagó con sacrificio la libertad que le regala a su hermano menor.
