Un experimento de la Universidad de Helsinki tomó parques infantiles comunes, retiró el pavimento y la grava, y los cubrió con césped, musgo y tierra forestal. La instrucción para los niños era simple: jugar como siempre.

En solo 28 días, los análisis mostraron algo que los investigadores no esperaban encontrar tan rápido: un aumento significativo de bacterias beneficiosas en la piel y una mayor concentración de células reguladoras en la sangre, dos indicadores directos de un sistema inmune más robusto y con menor predisposición a alergias y enfermedades autoinmunes.
El contacto cotidiano con la biodiversidad del suelo había reprogramado las defensas del organismo en menos de un mes. El estudio no habla de medicamentos ni de dietas. Habla de tierra.
