Mira tu mano. Fíjate en el meñique. Ahora mira el dedo más pequeño de tu pie. Durante años ha circulado la idea de que la evolución los está eliminando poco a poco, porque casi no los usamos.

Suena lógico, pero Daniel Lieberman, biólogo evolutivo de Harvard, lo desarma con algo simple: la evolución no borra partes del cuerpo solo porque las usamos menos. Necesita una presión real de supervivencia, y esa presión no existe aquí. Tu meñique sigue sumando fuerza a tu agarre; el dedo pequeño de tu pie te ayuda a mantener el equilibrio al caminar. Los estudios muestran que los dedos del pie se acortaron para hacer más eficiente la marcha erguida, no para desaparecer.

Eliminar esos dedos hoy te complicaría la vida, no te la facilitaría. Y sin ventaja de por medio, no hay motivo evolutivo para que se vayan. La próxima vez que escuches esta teoría, ya sabes qué responder.
