Memphis Depay tenía cuatro años cuando su padre dejó la casa y no volvió. Virgil van Dijk era adolescente cuando vivió lo mismo. Décadas después, los dos futbolistas neerlandeses tomaron la misma decisión: borrar el apellido paterno de sus camisetas. Para ellos, no es un capricho ni un detalle deportivo. Es una declaración.

Hay quienes los defienden sin dudar: un hombre que abandona a su hijo no tiene derecho a aparecer en ningún logro de ese hijo, ni siquiera en su camiseta. Otros, en cambio, consideran que cargar ese gesto para siempre es seguir atado a una herida que ya no duele, y que el perdón libera más que la condena silenciosa.
¿Tiene razón quien borra a un padre ausente de su historia, o es una deuda que nunca termina de saldarse?
