Nora Lussier fichó su turno como cualquier otro día en la unidad de cuidados intensivos neonatales del Hospital Beverly. No sabía que esa bebita que había estado expuesta a drogas antes de nacer, y a la que nadie más podía cuidar, terminaría llamándola mamá.

Los padres biológicos de Pamela no pudieron hacerse cargo de ella. Tampoco la familia de acogida asignada, por los problemas médicos de la niña, entre ellos una sonda de alimentación. Nora la miró y pensó: “Vaya, es muy mona”. Sus compañeras de trabajo no dejaban de insistirle: llévatela a casa.

Su esposo Martin, que al principio no esperaba ser padre tan pronto, cayó rendido apenas la vio sonreír bajo su techo. El 17 de julio, en el segundo cumpleaños de Pamela, 25 seres queridos —incluidas enfermeras de la UCI— fueron testigos de la adopción oficial. “No podríamos haber pedido una niña mejor”, dice hoy Nora.
