Martina Bellucci tiene 27 años y no se guarda nada.
Creció en Tafí Viejo, a 12 kilómetros de la capital tucumana, Argentina, empezó las hormonas a los 18 y a los 26 se sometió a la cirugía de reasignación de género que había esperado toda su vida. La operación duró entre siete y ocho horas.

La noche anterior tuvo que ayunar y tomar laxantes para vaciar el colon. Al despertar de la anestesia, los médicos le colocaron un preservativo relleno de algodón con forma fálica dentro de la nueva cavidad, para mantenerla abierta los primeros días. Pasó cinco días internada sin poder incorporarse, con sonda urinaria.


“La gente piensa que es cortar y listo”, dice Martina, y desmiente el mito más repetido: no es una amputación, la vaginoplastia trabaja con el tejido existente.


Se casó con el hombre que la acompañó en cada cirugía, se separaron después de la operación y hoy son amigos. Trabaja en el Ministerio de Salud, en Buenos Aires, ayudando a otras personas a entender lo que ella vivió en carne propia.
