
Stephen Rossetti llevaba años siendo uno de los exorcistas más visibles de la arquidiócesis de Washington. Su trabajo era, literalmente, confrontar al demonio. Lo que nadie esperaba es que fuera expulsado precisamente por hablar demasiado de él.
El 4 de junio de 2026, el arzobispo Robert McElroy lo destituyó después de que Rossetti publicara en redes sociales que “muchos, si no la mayoría” de los avistamientos de OVNIs podrían ser demonios manifestándose en el mundo físico. La respuesta de McElroy fue contundente: esas declaraciones “socavan gravemente la enseñanza tan precisa de la Iglesia sobre el diablo, los demonios y el exorcismo”. La arquidiócesis también cortó lazos con el Centro San Miguel para la Renovación Espiritual, que Rossetti dirigía.
El momento es difícil de ignorar: ocurre exactamente cuando el Pentágono comenzó a desclasificar archivos sobre fenómenos anómalos no identificados por orden de Trump, y apenas semanas después de que el vicepresidente JD Vance —católico— afirmara públicamente que los extraterrestres son “demonios”. Rossetti recibió la noticia con tristeza y pidió disculpas. La pregunta que queda flotando es cuándo, exactamente, hablar del diablo se volvió incompatible con ser exorcista.
