En Rosengard, el barrio más duro de Malmo en Suecia, nadie preguntaba cómo te había ido en el día. Esa era la realidad de Zlatan Ibrahimovic.

Hijo de un albañil bosnio que se pasaba las noches viendo boxeo balcánico, y de Jurka, una limpiadora croata que a veces llevaba a sus hijos a vaciar papeleras ajenas para juntar unas monedas.
En su autobiografía “Soy Zlatan” lo puso crudo: “En mi casa no valía lloriquear”, había que apretar los dientes. Comían fideos con ketchup o iban a lo de la tía Hanife, en el mismo edificio.

Hoy, ya retirado y multimillonario, Zlatan sigue obsesionado con algo que su esposa Helena conoce bien: que la heladera de su casa nunca esté vacía.
La pobreza se fue, pero el miedo a que vuelva se quedó para siempre.
