La iraní Ameneh Bahrami tenía 26 años cuando su excompañero de la universidad, Majid Movahedi, le arrojó ácido en el rostro por rechazar sus innumerables propuestas de matrimonio.
Debido al daño producido en su rostro, Bahrami pasó por 17 operaciones, tanto en su país como en el extranjero, pero los médicos no pudieron devolverle la vista. Perdió la visión en ambos ojos.
La ley iraní del qisas, basada en el principio de “ojo por ojo”, permite que una víctima exija para su agresor un castigo equivalente al daño sufrido. Así que Bahrami pidió que Movahedi también fuera cegado.
El tribunal aceptó su petición: cinco gotas de ácido sulfúrico en cada uno de sus ojos.
El 31 de julio de 2011, después de esperar casi siete años, la sentencia estaba lista para cumplirse.


El castigo estaba siendo transmitido en vivo por televisión estatal, pero cuando el médico estaba a punto de aplicar el ácido, Bahrami dijo basta. Aunque tenía la posibilidad de quitarle la vista a su agresor, ella eligió el perdón.
Explicó que perdonar en el momento de mayor fuerza vale más que la venganza, y que nada de lo que le hicieran a él le devolvería lo que había perdido. Movahedi quedó en prisión a la espera de un castigo alternativo. Bahrami quedó ciega para siempre, pero eligió no repetir el dolor que la marcó.
