Nadie quería jugar con Evita Delmundo en el recreo.

Tenía lunares peludos por toda la cara y el cuerpo, y una mancha de nacimiento que le cubría el cuello y los hombros. En su escuela de Malasia la llamaban “monstruo” o “galleta de chocolate”, y ella pasaba los recreos sola. A los 16 años pidió a los médicos que le quitaran las marcas, pero le explicaron que eran demasiadas y que operarlas sería peligroso. Los lunares se quedarían para siempre.

Lo que cambió no fue su piel, fue ella. En un campamento de la iglesia, ese mismo año, aprendió a mirarse distinto. “Acepté que este es el cuerpo que me tocó y estoy agradecida de no haber cambiado nada”, cuenta hoy, con 20 años y trabajando en una cafetería de gatos que también es refugio de animales.

Hoy tiene más de 133.000 seguidores en Instagram que la llaman su ídolo. Sigue soñando con la corona de belleza, no para tapar lo que la hacía diferente, sino para mostrarlo con la frente en alto.

