En 2016, Georgina Rodríguez atendía clientes en una tienda de Gucci en Madrid. Ese trabajo fue, durante años, la munición de todos los que la acusaron de buscar la fortuna de Cristiano Ronaldo.

Diez años después, el 10 de agosto de 2026, firmó ante notario en Lisboa un documento que dice lo contrario: separación total de bienes. Ninguno de los dos tocaría el patrimonio del otro.

Un día después, el 11 de agosto, se casaron por lo civil en el salón de su propia casa en Cascais, Portugal. Sin alfombra roja, sin invitados de la farándula. Solo sus cinco hijos como testigos, la hermana de Georgina y un puñado de amigos cercanos.

Si algún día se separan, ella no reclamará nada de los 1.200 millones de dólares que Forbes le calcula a Cristiano. Se queda con una pensión pactada de 100.000 euros mensuales y la casa de La Finca, en Madrid. Nada más.

Durante once años la llamaron interesada. Ella respondió firmando el papel que menos convenía a esa versión. A veces la verdad no se grita: se firma ante un notario, un día antes de decir sí.
