Katrina Bookman creció en hogares de acogida, vivió en la calle siendo adolescente y crió sola a sus cuatro hijos en Nueva York. El 5 de agosto de 2016 puso 40 centavos en una máquina llamada Sphinx Wild dentro del Resorts World Casino, en Queens. Las luces se encendieron, sonaron las campanas y la pantalla mostró 42.949.672.76 dólares. Se tomó una selfie con el número ahí, congelado, y ya pensaba en darle un millón a su hijo para que abriera una barbería.

Un empleado le dijo que volviera al día siguiente para el trámite oficial. Cuando regresó, el casino le explicó que la máquina había fallado. No había ganado nada. Le ofrecieron 2.25 dólares, lo que marcaba su ticket impreso, y una cena de cortesía. “¿En serio? Me sentí insultada”, dijo ella. Bookman rechazó la oferta y demandó al casino, a su matriz y al fabricante de la máquina, exigiendo al menos el premio máximo legítimo de 6.500 dólares.

La Comisión de Juegos de Nueva York confirmó la falla técnica, pero un aviso impreso en cada máquina eximía al casino de pagar por errores. Tras años de retrasos, un juez de la Corte Suprema del condado de Queens falló a favor del casino. Katrina Bookman no se llevó los 43 millones, tampoco los 6.500 dólares, ni siquiera la cena.

