Matahari ya no podía casi caminar.
La displasia de cadera le había robado la movilidad y el cáncer avanzaba sin freno. Miguel Fernández, locutor de radio, tomó una decisión que muchos dueños de mascotas temen enfrentar algún día: practicarle la eutanasia para que dejara de sufrir. Lo contó en redes con la herida abierta, agradeciéndole a su perrita por cada año de compañía.

La respuesta no fue la que esperaba. Decenas de comentarios lo señalaron por “haberla matado”, por no dejarla “morir naturalmente”, por decidir sobre una vida que no era la suya. Fernández no se quedó callado: explicó que no hubo abandono ni apuro, sino una despedida acompañada hasta el último minuto.
“No la maté, la liberé”, escribió, y esa frase partió a las redes en dos bandos que hasta hoy siguen discutiendo si la compasión hacia un animal que sufre tiene un límite que el amor no debería cruzar.
