James Valentine tenía 21 años y llevaba puesto el arnés cuando la motosierra retrocedió contra su propio cuerpo.

Fue en Ross Township, cerca de Pittsburgh, Pensilvania, un lunes de 2014. La hoja quedó incrustada entre su cuello y su hombro, colgando de la carne mientras él seguía atado a las alturas de un árbol. No se desmayó. No entró en pánico. Apagó la máquina, la sujetó con su propia mano para que no se moviera ni un milímetro, y empezó a descender por sus propios medios hasta que un compañero subió a ayudarlo.

En tierra, los paramédicos tomaron una decisión clave: retiraron el motor pero dejaron la hoja dentro de su cuello, porque sacarla ahí mismo podía costarle la vida por desangramiento. Ya en el Allegheny General Hospital, los cirujanos comprobaron algo que sonó a milagro: la hoja no había tocado ninguna arteria ni vaso sanguíneo mayor, solo músculo. Valentine salió operado, consciente en todo momento, y con una historia que sus propios médicos calificaron de pura suerte.

