En 1973, Edmund Kemper vio que la periodista Marj von Beroldingen había escrito sobre él y no dudó en proponerle una entrevista especial. Era obvio que le había gustado, pero Marj jamás imaginó que una hora se convertiría en cinco.
En la cárcel del condado de Santa Cruz, California, pocas horas antes de que la periodista llegara, un jurado había declarado culpable a Kemper de ocho asesinatos.
Tenía 24 años y medía 2,06 metros. Lo encerraron con la entrevistadora en una sala diminuta de paredes de vidrio. Los guardias podían verlos, pero no oírlos y, aunque él llevaba grilletes en los tobillos, tenía las manos libres.


Hablaron horas hasta que Kemper le soltó algo que ella no esperaba: “No me has hecho las preguntas que esperaba de una periodista.”
Marj le pidió ejemplos y él los dio sin pestañear.
“No me has hecho las preguntas que esperaba que me hiciera un periodista”, le dijo Kemper a la reportera Marj von B.
“Oh, ¿qué se siente al tener relaciones con un cuerpo sin vida”, “¿qué se siente al sentarse en el sofá de la sala y ver dos cabezas en el brazo del sofá?”. La primera vez, te revuelve el estómago.
En otro momento de la conversación, Kemper comenzó a describir cómo había estrangulado a Sara Hallett, una amiga de su madre. Se enderezó en la silla y reprodujo con su brazo el movimiento que había utilizado para acabarla. Su rostro se enrojeció, sus ojos parecían vidriosos y empezó a respirar más rápido.
Marj sintió miedo porque aquella mujer tenía la misma edad que ella. Para cambiar de tema sin demostrar su inquietud, sacó un cigarrillo y le preguntó si siempre había sido tan fuerte.
Kemper se tranquilizó y siguieron conversando.
Cuando oscureció, la periodista intentó marcharse, pero la entrevista todavía no terminaba. Llegó la comida del prisionero y un funcionario la invitó a quedarse. Así, después de escuchar confesiones sobre necrofilia y presenciar la recreación de un asesinato, Marj terminó compartiendo la cena con Edmund Kemper.
Él acomodó las bandejas, comió arroz con salsa de carne y aceptó parte de la comida que ella había dejado. Incluso le dijo que guardara algo para sí misma.
La entrevista se publicó en marzo de 1974 y Marj confesó lo terrorífico que era el poder que tenía Kemper para ser una persona amable y luego regocijarse de lo que había hecho.
