A. Randall era joyero. Tenía entre sus manos algunas de las gemas más valiosas de su época.

Pero cuando decidió mandar a hacer un retrato, entre 1870 y 1875, no eligió una piedra preciosa ni una pieza de su colección. Eligió a su perro. Lo sentó frente a la cámara en lo que hoy se considera una de las primeras sesiones fotográficas dedicadas a una mascota en la historia. El animal, tímido ante el aparato desconocido, escondió los ojos en varias tomas, como si no entendiera del todo por qué su humano lo trataba como a un tesoro.

Más de 150 años después esas placas sobrevivieron, y con ellas la prueba de algo que no necesita fecha: mucho antes de las selfies con filtros de perrito, ya existían personas dispuestas a guardar para siempre la cara de su compañero de cuatro patas.

